Y la verdad es que no me importa. A pesar de mis viajes por el tiempo, la memoria es algo que tengo olvidado, descuidado y abandonado desde hace mucho. Me gustan las fotografías, no por eso de los recuerdos o los momentos, sino porque me enseñan que en el mismo lugar y en el mismo momento en el que estaba, había otra persona que veía exactamente lo mismo que yo, pero desde otro ángulo. Es como saber que existo, pero diferente, porque me veo de lejos y apartado. Me miro en fotos y veo mis ojos; trato de ver lo que pasaba por ellos, pero ha desaparecido. No recuerdo que pasaba por ése que sale en la foto, y sin embargo recuerdo exactamente lo que pensaba en ese preciso momento. No puedo recordarlo porque la fotografía queda fuera de mí, y entonces me miro desde afuera, y choca de repente mi pasado con mi presente, y pierde, como siempre, mi débil memoria. Pero no me importa. Hay muchas cosas que mi pensamiento puede pedir prestadas. Me gusta pensarme como una casa, atascada de muebles, por eso voy tirando sillas y mesas y camas para que entren las nuevas, porque si guardo todo llegará el momento que no cabrá nada más; eso es el fin, la más espantosa y terrible muerte del ser. Y de la memoria.