13/06/2010

En algún lado, no recuerdo, leí que las utopías son como las estrellas que siguen los navegantes; nunca las alcanzarán, pero sirven muy bien de guía.
De entre todas las metáforas, alegorías y comparaciones que puedo ofrecer sobre esta frase, elijo la del blog, y por simplicidad, la de la escritura.

Desde hace un tiempo sueño y pienso que quizá lo que hago no es lo que quisiera hacer, que tal vez, de nuevo, me he equivocado. Y de repente, gracias a misteriosos flashazos mnemotécnicos, aparecen frente a mí escenas antiguas del barco viejo que navegué hace tiempo. La estrella aparece ahí brillante, grande, hermosa. Y yo en la proa, mirándola. Tanto que pierdo el timón y naufrago muchos años. Luego otra escena parecida, donde aparezco mandando un cuento a un concurso. Después otra, donde estoy escribiendo un cuento en tres actos, mientras desayuno y escucho música nostálgica. Y otra más, donde le cuento a mi padre mi idea de crear una revista con algunos amigos. Pero parece que amo el fondo del mar, más que la superficie.

Y así, en medio de este mar tan desidioso al que le han llamado charly, se abre un blog y se escribe de vez en cuando. Con el temor de ser tomado en serio y al mismo tiempo de ser disuelto o evaporado. Porque tengo miedo de que sólo sea un hobby, de que nada de esto sea cierto. Y sin embargo, es el barco más fuerte que he dirigido.

Y lo mejor de todo es que es el barco más fuerte que he dirigido que no me ha llevado a ningún lado.
La estrella sigue hermosa arriba, lejos.
El mar está revuelto.
Yo sigo navegando.