Creo que nunca se acabarán los problemas existenciales. Quizá después de muerto pueda tomar vacaciones, pero no estoy muy seguro. Quizá.
Me gustó mucho cuando le escuché decir a alguien que todos tenemos problemas, que uno como adulto no debería menospreciar los problemas de uno como niño, o como adolescente, porque al fin y al cabo son nuestros problemas, no tenemos más que ésos (en este punto conviene citar -sólo como paréntesis, para no distraerlos de la intención de este post- dos reflexiones, que en realidad son dos veces la misma, de mi mamá. La primera: hace un tiempo mis papás compraron una casa y se tardaron mucho tiempo en firmar las escrituras porque las licenciadas de la notaría se hacían pendejas haciendo no sé qué; y cuando mis papás les llamaban preocupados para ver cómo iban las cosas se enojaban y les decían que todo estaba bien, que no se preocuparan, que ellas se comunicaban cuando tuvieran que ir a firmar. Seguramente como son licenciadas de una notaría se enfrentan con cientos de casos de personas que compran casas y firman cientos de escrituras, por lo que una más les ha de importar lo mismo que me importa a mí la suerte de ellas; pero, como lo hizo ver atinadamente mi mamá, "para nosotros son las únicas escrituras que vamos a firmar". Es de preocuparse. La segunda: hace unos días fui al hospital de la luz y como en realidad mis ojos están sanos me despacharon en menos de cinco minutos, pero regresé a mi casa con unas gotas que me debo poner indefinidamente para hidratarlos y con un sentimiento extraño por esperar casi dos horas para que me atendieran tan rápido, lo que me hizo pensar que sólo era importante ir para quien de plano llevara un ojo de fuera o estuviera quedándose ciego. Sentí que los demás pacientes, con sus lentes oscuros, con sus parches en los ojos, con sus bastones de metal y con sus perros guía eran mejores pacientes que yo. Pero otra vez, muy sabiamente, mi mamá me recordó que "para mí son mis únicos ojos", y estaban muy irritados, y me dolían), y cuando leí el libro de Ruta interior, de Hesse, todo se hizo más claro y más lindo a la vez; saber, más bien recordar, la importancia trascendental, tan vital, tan de vida o muerte, de robar unos higos a los once años, de reprobar una materia en la primaria, de reprobar siete en la secundaria, de bolar el balón de tu hermano, de romper el vidrio del vecino, de ser cortado en la secundaria, de ser despeinado el día de la foto de graduación, etcétera etcétera etcétera.
De verdad que nunca se acabarán nuestros problemas, pero siempre habrá futuro, y siempre en ese futuro nos reiremos de ellos.
El verbo “haber”
Hace 1 día